Entre la alegría y la incertidumbre existe un antagonismo que mueve la esencia del caminante como cambia también el día y la noche buscamos el ecuador y sólo conseguimos un extremo o el otro. Realmente creemos que ese ecuador, por llamarle de alguna manera, es lo que nos motiva para buscar.
Ser amado. Buscamos ser amados, buscamos desesperadamente estar a la altura de las expectativas de los demás. Pero sabemos que no somos lo que tenemos, ni lo que hacemos, ni lo que piensan que somos. En esa superficialidad vivimos el camino. “Mírame. Fíjate bien en mí”. Si no recibimos respuesta de aceptación, creemos que no somos amados y el dolor nos destruye. Y otra vez volvemos al camino. Sé que ante esa inmerecida experiencia de sufrimiento por falta de amor nos perdemos en nuestro camino. Pero es que realmente yo he sido amada antes de pasar por el sufrimiento de no serlo. Antes de ser yo, ya era amada. Tenemos que reivindicar que esto es así, no tenemos que pedir permiso al mundo por existir, porque es por amor por lo que existimos. Mi yo es el amor, está en mí y lo doy no espero más, tengo todo Él en mi. Eso es divino en toda su extensión, si comprendemos y lo experimentamos, veremos como todo lo demás se disipa. Ya no tenemos necesidad de culparnos ni de culpar a nadie de nuestro dolor, porque el amor hace que comprendamos cuan destrozados quedan aquellos que así procedieron incluso nosotros, a nosotros mismos.
